martes 22 de septiembre de 2009

El viaje del principio soñado



Programaba los viajes con cierta anticipación. Quizás no tanta, o sí, no lo sé. La suficiente como para poder cargar algunas pilchas, los documentos y un poco de plata. Requisitos ineludibles para encarar la travesía que estaba por venir.

Fue la selva amazónica la que me conquistó la cabeza, me atrapó con sus lianas e inclusive, con el peligro que significaba ser carne de cañón para las kilométricas serpientes que se camuflaban con las ramas de los árboles.

Más tardé viré a pequeño burgués; me volví terrenal en las formas y capitalista en los bolsillos, para transitar por las calles de Cancún rodeado de alcohol, sol, más sol y, claro, mucho, pero mucho más alcohol. De hecho, fue al segundo día de viaje, apenas comenzada la excursión al país azteca, en la que me rebané el talón izquierdo, mientras intentaba pegarle a una pelota de volley al tiempo que degustaba un exquisito Margarita mexicano: una idiotez, lo sé, pero fui cambiando. Quizás hasta logré perfeccionarme, o lo que yo llamo perfección no es más que el paso del tiempo crudo, ese que nos va puliendo mientras desnuda las imperfecciones de nuestro propio cuerpo, nuestra alma.

Fue el último viaje el que terminó por deslumbrarme. En ese viaje sucumbí ante esa perfección de la humanidad. Sartre se hubiera quitado la boina para aplaudir su existencialismo más primitivo; hasta lo imaginé entablando una conversación con Afrodita, menudo discernimiento filosófico, felicitándola por tal creatura.

No les contaré cuándo comenzó, porque alcanza con saber que una madrugada de lluvia hubo unas pilchas, unos documentos y también, un bolso cargado de pergaminos que auguraban el último primer viaje.

Como dice el diccionario, en ese viaje se encendió el fuego interior, la lumbre, sólo que de forma involuntaria. Allí comprendí el verdadero sentido de vivir. Allí, les comentaba, se comenzó a vivar el fuego: primero con una leve soplido, luego a pecho abierto, para llegar al punto en que dos bocas, dos cuerpos y dos almas se juntaron para soplar al mismo tiempo, con igual intensidad, para mirarse de reojo y entrelazar sus manos.

Al día siguiente, ya era el segundo, levantáronse uno al lado del otro. Allí no hubo paisajes que describir ni terceros entrometidos; sólo dos, siempre dos y una línea recta al final del camino. Una línea que no describe horizontes, pero con cada puesta del sol, mientras se va tornando anaranjado, ellos frenan para mirarse, para quitarse mutuamente el pelo de la cara, para abrazarse y recostarse al costado del camino.

Ya no importan las serpientes, los pequeños burgueses y el resto de los personalismos que supieron ser y atrás quedaron, porque ahora sólo interesan dos manos, dos cuerpos, dos vidas fundidas en una. Una sola repleta de incertidumbres, pero, como les contaba hace instantes, con un sol anaranjado que se funde en un beso cada tarde.

jueves 27 de agosto de 2009

Los buenos deseos

Eran las 6 de la mañana de un fresco invierno que ya estaba llegando a su ocaso. Después de dos meses y chirolas, esos fríos comenzaban a disiparse. Levantose, vistiose y salió con premura, como si pasando Cañuelas estuviera aguardando su valija. Había dejado escondido un librito al costado de la autopista, un libro íntimo cargado de frases, que poco a poco iría reproduciendo, siempre después de volver a encontrarlo.

Frenó en el kilómetro 43 y medio, dejó el auto en la banquina con las balizas encendidas, y se bajó con una pala de jardinería. Sobre los primeros yuyos había una P dibujada con madera, y el hombre comenzó a cavar por los siguientes 5 minutos; hasta que encontró ese libro que había escondido dos meses atrás.
Se sentó en su auto, recorrió algunos metros más y estacionó en la playa de estacionamiento del aeropuerto.

El día comenzaba de la mejor manera. Mientras preparaba el desayuno ahí mismo, bajaba un poco la ventanilla para echar a volar ese pesado olor a café con leche de termo. Al mismo tiempo, sosteniendo con su mano izquierda la tostada, tomó el libro, le quitó la tierra y abrió en la primera hoja del cuaderno, ahora sí, violeta con dibujitos porcinos. Vos también me dejaste la porcina, esgrimió, y rió durante un buen rato con ese chiste de pésimo humor; clásico chiste de poca monta.

Soltó algunas lágrimas de alegría, mientras del cuaderno seguían aflorando fotos de ella. Ella acostada, ella en Barcelona, en su casa, en una fiesta, ella, siempre ella; ese pedazo de su vida que cada día iba creciendo, acaparaba más y más lugar adentro suyo, y lo hacía proyectar sobre cada una de sus ilusiones, que ahora pasarían a ser de los dos.

Eran las 7:45, el café ya se había enfriado, pero el seguía contemplando su cara, esa foto en la que estaba abrazados en la playa. Imagen particular, si las hay, porque se los nota radiantes, felices, como están ahora; él cubriéndola a ella, esperando el chasquido “auto timer” de la cámara de fotos, para inmortalizar un retrato de amor, de esos que ni Botticelli pudo reproducir.

No pensó más que en su rostro, en ese cuerpo quemado que había deseado varios días de playa, de un bronceado ejemplar. Volvió a imaginarla con su bikini, aquella que quebró corazones en tierras españolas, y se imagino dos manos, las de ellos. La suya y la de su novia, volviéndose una con tan solo el contacto. Imaginó otro beso, a ella estallando en mar al verlo parado ahí, aguardando su llegada.

El se desvanecía de placer, eso también lo imagino, y como un chico embobado, largó una serie de regalos: Un tal “chancho”, un ramo grande de rosas, esos bellos calcetines que sólo ellos entienden; pero también, y lo más importante, se fundieron en un abrazo que buscaba en la historia a su inmediato antecesor. La miró a los ojos, intentando mantener la figura (que, se los aseguro, se desvanecía con cada gesto de ella), atento a esa cara de ella que tanto disfruta y recuerda, y le dijo: “Quiero que me cuentes de tu viaje, que me muestres las fotos, que descanses y sepas, siempre en paz, que yo estoy acá para amarte”

Se cree que en el auto también había una valija cargada de proyectos, la mayoría sin materializarse, que se abría para comenzar a ser descubierta,para que transitaran sin tapujos, dejando la vida en cada día.

jueves 20 de agosto de 2009

Te abrazo las ganas

Agarró las llaves del auto, se subió el cierre de la campera y salió en busca del golcito rojo. Rápidamente tomó en dirección a la Panamericana, luego General Paz y terminó tomando para el lado de Ezeiza. Ella, por su parte, caminaba por los corredores del avión para pasar un poco el tiempo, el aburrimiento: para quitarse los nervios de encima.

Él conducía a gran velocidad, tal es así que tardó sólo 30 minutos en pisar el Ministro Pistarini.
Dejó el coche estacionado y se volvió sobre sí mismo. Levantó la cabeza y observó el cielo
despejado, con un sol radiante que avizoraba una primavera incipiente. Se le llenaron los ojos de lágrimas; lágrimas que se entrelazaban como un manojo de nervios y deseos dentro suyo.
Volvió a abrir su auto, sacó unos pañuelitos descartables y se limpió el rostro. Miró a su costado, en el asiento del acompañante, y recordó esa lluvia de noviembre que los abrazó en ese mismo golcito rojo, que días más tarde los cuidaba en la orilla del río, mientras se besaban con el respeto de dos novatos; por lo menos, eso seguro, con más juventud que intención. Ese mismo auto rojo que los llevó hasta el fin de semana que guardan bien adentro suyo, como la primera prueba de una relación que jamás caducará.

Dejó las carilinas en la guantera y comenzó a caminar hacia la zona de “arribos”. Faltaban apenas unos minutos para que ella llegara, y el corazón se le salía de la boca. Quería quemar los segundos con las manos, encotrarla allí, saliendo de la pecera humana con su valija a cuestas.

De los altoparlantes se le pedía a los pasajeros que ajustaran sus cinturones, porque estaban próximos a despegar. Ella volvió con paso cancino hacia su asiento, juntando sus manos a la altura de su pecho, como si entendiera que el tiempo había vuelto a unirse, que la distancia no era más que una sensación que planeaba en el aire desde hacía unas pocas horas.

“El vuelo proveniente de Barcelona”, se leía en el cartel, “está aterrizado.” Sesenta y seis días de espera se fundieron en ese monitor del hall de espera, donde había familias esperando a sus hijos, mujeres a sus esposos, familias a otros familiares, remiseros a empresarios y él, sesenta y seis días después, aguardaba por ella.

Ocho en punto cruzó el free shop, compró algunas cosas para ella y otras para su madre y hermanas. También sintió los nervios del reencuentro, porque aunque estuvo recorriendo un paisaje más lindo que el otro, para ella también pasaron sesenta y seis días.

Ocho y veinticinco, con valijas en mano y la cara empapada cruzó el umbral, ese espejo de vidrio que separa a los viajantes de los que esperan. Apenas la vio corrió hacia ella, mientras que la reacción de ella fue de asombro: se quedó quieta sin poder hacer más que taparse la boca y agacharla cabeza.

Fue el abrazo más largo que jamás se haya visto en el Aeropuerto de Ezeiza, acompañado por un beso que resistió las quejas del resto de las personas, que pedían casi enojados que se abrieran paso para dar lugar.

Estás hermosa, ¿sabés? Te extrañé tanto, tanto. No, vos estás hermoso, te prometo que nunca más me vuelvo a separar de vos. Más te vale, Princesa; no lo resistiría. No puedo hablar, no me salen las palabras. Yo tampoco, me abrazás, mi amor. Necesito sólo eso, saber que estás acá, que me seguís amando. ¿Te querés casar conmigo? Quiero vivir con vos ¿Sigo estando linda? Sos lo más hermoso que vi en mi vida. ¿Te gusta el regalo? Es el primer paso, mi amor. A partir de acá empezamos a construir, ¿sí?

Aclaración: El momento que se acaba de describir transcurrió en algún lugar de mi imaginación. Los hechos no, pero pasarán. El amor llegó, y eso no responde a la imaginación de nadie, sino al sentimiento de un corazón que palpita la vuelta de su otra mitad.

miércoles 12 de agosto de 2009

Ensayo sobre la escritura a la distancia

Llevo un mes y medio sentado en mi silla, apoyando los codos sobre el escritorio; retrospectivamente, miro lo escrito en esas primeras publicaciones, cuando todavía la distancia no era más que unos pocos kilómetros. A las ocho y veinticinco llegaba la inspiración, justamente a la hora que me dormí ese primer día, cuando de su boca saqué ese primer dulce beso; fue aquella vez que sentí el calor de sus labios mezclarse con los míos, y comenzar a rozar su cintura hechizó la historia, paró el reloj del tiempo e iluminó al bólido de cuatro ruedas: la magia se hizo presente, la historia comenzó a escribirse.
Ocho y veinticinco me dormí, pensando una y otra vez en ella, en su cara limpia, en su cuerpo esculpido, en la suavidad de su piel. Estaba tan desencajado que ocho y veinticinco, dos horas y cuarenta minutos después de saludarla desde mi ventanilla del auto mientras le hablaba por celular, cerré los ojos para levantarme con una sola certeza: la volvería a ver muy pronto, y otra vez, y muchas veces más. Lo que me había encantado no tenía nombre, pero de a poco comenzaría a descubrirlo.
La observé mientras charlaba con Miró, y un rato más tarde ideaba un ensayo para comentar el encuentro. Volví a encontrarla impoluta, ahora tomando sol en alguna playa del Mediterráneo, vaya uno a saber dónde, hasta que dejé verla, pero no de sentirla.
Estuvo lejos en algún que otro pasaje, quizás llevada por el placer del viaje en sí, quizás por las amistades del momento, lo cierto es que nunca dejó de golpearme el pecho para pedirme cobijo. La dejé entrar todas las noches, todos los días, en cada una de mis actividades.
Comprobé que el castillo se construye de a un ladrillo por vez, pero de a dos, poniendo el cemento y usando la escuadra, para sellar el pacto más fraterno de la humanidad: el amor.
Volví a verla en Berlín, directamente con una prueba cabal de amor. Allí estábamos los dos, ella y mi nombre, indirectamente, yo. En la delgada línea que separa una parte infranqueable de la historia viven nuestras iniciales, y ahora minimizo mi pantalla para poder contemplarla, y la acaricio, la beso, la miro todos los días antes de acostarme, y le cuento cuáles son mis novedades.
Cuántos sentimientos encontrados, algunos que aún persisten en la cabeza, y otros que poco a poco van quedado marginados: euforia, tristeza, soledad, ambición, deseo, pasión. “Los que hacen mal”, me decía mi abuela,”dejalos a un lado, que no estorben. Es corto el tiempo en que estamos, y la vida se trata de eso, de vivir. Si es tu verdadero amor esperala, y disfrutala mucho cuando vuelva. Sos tan joven, hacen una pareja formidable. Animate a vivir, y agarrala de la mano para que sienta que a su lado impera la seguridad de un hombre que tiene amor y proyectos, y que ella es la única que encaja en ambos.”
La llamo todas las mañanas, incluso me animo a hablar en italiano con el mozo de la esquina, para que le cuente cómo se vive en la rutina, mientras la cabeza se va por allá. Cuando caigo en mí siempre estoy en este escritorio, inspirándome con ese fin de semana glorioso, imaginando mi futuro ligado al de ella.
Cada vez falta menos, y como un niño espero junto a la ventana. Pasan uno a uno los días, y mi cabeza la encuentra desnuda, estirada sobre una lona en la playa de siempre. Ahí me acerco, le susurro al oído y comienzo a besarle la espalda, me voy hasta abajo y comienzo a sentir que su respiración es cada vez más fuerte. Cierra los ojos y aprieta sus labios contra la lona, mientras entrelazamos nuestras manos y su cadera comienza a hundirse en la arena. Una y otra vez, giro la cabeza y estamos solos, entonces la doy vuelta, la miro a los ojos y la siento tan cerca que sólo puedo decirle que la amo. Veo que una lágrima le corre por la mejilla derecha. Alcanzo a secarla, y la abrazo fuerte, como si quisiera recuperar tantos abrazos lejanos, y me vuelvo a separar diciéndole que cada vez falta menos y me siento mucho mejor. Que ese castillo de un solo ladrillo ya tiene forma, y está más fuerte que nunca.
Punto y aparte, son las ocho y veinticinco, el horario en que la musa vuelve a nacer, el momento en que el sol pega en la cara y dibuja su rostro en el cielo. Es ella, yo lo sé, y no necesito nada más.

lunes 10 de agosto de 2009

TU FOTO VALE MÁS QUE MIL PALABRAS


¿Alguna vez sentiste que al ver a una fotografía te quedás sin palabras?
En el nuevo milenio, las nuevas tecnologías son una foto constante, tan efímeras como fugaces. Llegan tan rápido que desaparecen con la misma velocidad; pero, les aseguro, si yo escribo de esta foto en particular es porque verdaderamente vale la pena detenerse un momento y contemplar semejante obra de arte. Porque esta imagen se quedó, no siguió avanzando.
Arte. Qué poco sé de arte. A quién le importa el arte cuando frente a sus ojos tiene la prueba de amor que tanto ansiaba; hacía un tiempito, digamos algunas semanas, que esperaba se le apareciera de alguna manera; y así fue, porque el domingo pasado se levantó y la vio en cuclillas, con un pincel de brocha fina en la mano dibujando su historia. Estaba allí, tan hermosa como impactante, mirando a la cámara como queriendo decirle “acá está mi prueba de amor. En este metro cuadrado de asfalto dejo estampadas nuestras ilusiones; y es acá desde donde quiero que sepas que mi amor tampoco se desvanece. Muy por el contrario, ya no encuentro la manera de decirte cuánto te amo”. No hace falta que digas más nada, porque con sólo mirarte, disfrutarte, saber que estás más hermosa que nunca, confirmás que vos estás ahí, pero tenés tu corazón acá, junto al mío.
Una obra de arte es tenerte acá, porque cada vez que levanto la cabeza y te veo con ese hermoso rodete, con tu piel tostada, con ese color negro que tan bien te sienta, me doy cuenta de que cada vez falta menos.
En cierto momento te enojás, no logro entender muy bien por qué; estás tan magnífica como altiva. Comienzo a sentir que sube el calor, quiero transportarme para tenerte en mis brazos, para poder descubrir cuán magnánimo es el mundo a tu lado. Los días se suceden unos a otros, pero siempre encuentro el momento para volverte a mirar, para construir este castillo de ilusiones que vos acabás de dejar atrás. No uno sino muchos, todos los que comenzaremos a edificar juntos.
Te paraste, estiraste tus brazos, y el color sepia te vuelve increíble. Tu figura describe el conjuro de amor y pasión que mantenemos. A tu lado las inscripciones quedan sin efecto, porque la historia se cae con sólo observarte.
Son momentos. Cada imagen es un momento, que a su vez construye otro momento más grande, y que será imborrable. Reformulo la pregunta: Si la fotografía describe un momento, ¿por qué me quedo sin palabras cuando te veo sonreír, respirar; vivir tu vida con tanta pasión, sin exigir más nada que amor?
La historia, te decía, comienza a escribirse todos los días. Con una fotografía, un llamado telefónico o, simplemente, una mano encima de la otra. La historia ya tiene nombre, y será la lágrima de alegría de los nietos, bisnietos y todos los que nos sucedan, porque nuestra historia comenzó a dejar pinceladas de amor en todo el mundo: con tus manos, con tu corazón, con nuestra vida.

viernes 7 de agosto de 2009

Sobre héroes, viejos y el amor eterno



Saqué las fotos que tengo en mi mochila. Ahora, este fin de semana, las voy a necesitar más que nunca. Como te conté, me estoy yendo a la Aldea, una vez más, a luchar contra las voces que me atosigan de noche, durante el día: siempre.

Se cumplió un año desde que volví, y todas las semanas me tomo el trabajo de regresar, de enfrentarme y disipar cualquier duda. Las reprendo en mis sombras, hasta me atreví a desafiarlas, y les dejé en claro que yo soy así, que no van a poder cambiar mi forma de vivir la vida, mi manera de entregarme por el sólo motivo de sentir.

Esta semana estuve como pocas veces a su lado. Las acompañe, las reté, las silencié; me volví más seguro de mí mismo, pero todavía no puedo sacarme las astillas de las botas. Todavía duelen los palazos sufridos durante todo este tiempo: fueron largos días en los que podía escaparme apenas unos segundos de los azotes del Viejo.

Intenté esquivarlo – sigo intentándolo -, pero la experiencia lo pone siempre un pie adelante mío. Cuando creo poder eludirlo cae sobre mí con el peso muerto de su cuerpo. Hay veces en los que no siento los golpes, porque no pienso en ello, pero el Viejo tiene el poder de controlar mi mente; me maneja, me lleva de acá para allá. Cuando estoy por acostarme me salta desde el placard, y me revolea las fotos de la cartera. Las junto rápidamente, empiezo a contemplarlas y el mar de gotas se llena iexorablemente. Mientras tanto, él sigue parado delante de mí, atormentándome con frases inconexas, con refranes incisivos: está parado enfrente mío, y no lo puedo esquivar.

Lo llevo conmigo a todos los días. Su destreza es la de los Viejos bichos, con calle. Me arroja una botella de vino cuando entra al calabozo; rápidamente cierra las rejas y me da la libertad de escribir sobre lo que quiera. Comienzo a crear, pero vuelvo a sumirme en esa sórdida costumbre de taparme con la frazada. No quiero escuchar a nadie. Los ratos libres los uso para quitarme las astillas, para recuperar mi cuerpo del trajín diario. Vuelvo a tomar la pluma, busco el halito de luz que se cuela por las hendijas de la ventana y comienzo mi relato: “Hoy es 7 de agosto. El décimo 7 desde que comenzó a llover en noviembre; quisiera mirarte a los ojos para contarte cuánta falta me hacés, quisiera agarrar tu mano para sentir la seguridad que…” Antes de terminar la historia, ya en penumbras, vuelvo a mirar al cielo para encontrar su cara. Quiero que me libere de esta opresión que siento. Le pido que me de la fuerza necesaria para poder esquivar al Viejo zorro que me fustiga por el sólo placer de amar. Se vuelve celoso, engreído. Me grita que soy vanidoso, no puede entender cómo, después de tantos azotes, puedo seguir sosteniendo el mismo pensamiento; le respondo que no hay garrotazo que pueda hacerme caer, porque tengo el corazón más grande del mundo, ese que se volvió hermético con la lluvia de noviembre, que se selló con la marca de la pasión.

Vuelve a golpearme, y otra vez, y otra, hasta que nota que por mi espalda comienza a caer un hilo de sangre. Desvanecido, levanto la cabeza y le pregunto por qué sigue pegándome, qué es lo que necesita probar. Me responde que no lo hace por diversión, si no que no puede entender que exista en la tierra un ser con tanta pasión, que quiera llevarse al mundo por delante, y que pese a sufrir tanto crea que puede separar el mar en dos, correr y darle ese abrazo que tanto añora.

Casi desfalleciendo, mordiendo el barro del calabozo, levanto la cabeza y me siento firme para gritar: ¡Es el amor de mi vida, Viejo hijo de puta! No me vas a separar de ella ni en un millón de años. Lamento tu egoísmo y el de toda la humanidad; acá estoy para esperarla, y mientras mi corazón siga latiendo, ni tus latigazos, tus azotes o tu bastardeo psicológico me va a derribar.

Me llevé las fotos, y aunque no pude contarle cómo estaba, seguí pegando nuestra historia en tres corazones, y al viejo empecé a esquivarlo otra vez.

martes 4 de agosto de 2009

Paco a la carta


Querido Paco:

Ha pasado mucho tiempo desde que te fuiste, bastante más de un mes, y sólo he recibido algunos pocos correos electrónicos que preguntan más de lo que cuentan: la vida en Buenos Aires cambió poco, o mucho, depende de la silla en que te sientes a observar.
Como sabrás, el trabajo sigue siempre de la misma manera. Esta crisis económica sólo ha desnudado las falencias de un gobierno que ya no sostiene su poder. Los pormenores ya los conocerás, porque te fuiste un día después de la derrota en las legislativas.
Toda crisis trae oportunidades, y yo me encuentro en la senda de los que prefieren mirar al futuro con optimismo, sabiendo que el crecimiento significa compromiso y madurez, asumiendo los riesgos que cualquier negocio tiene.
Sigo con mi tesis, Paco. Tengo un objetivo fijado y quiero cumplirlo: espero poder presentarla en diciembre. Sé que te va a alegrar saber que dentro de unos días comienzo mi preparación como docente. En otro momento te explicaré cuáles son los pasos a seguir, las materias a cursar, etc, porque ahora quiero abocarme a contarte sobre lo más importante que me pasó en este tiempo, Paco.
En realidad, Paquito querido, lo verdaderamente importante comenzó a pasarme hace muchos meses. Parece increíble, pero el viernes se vuelve a cumplir una nueva fecha; prefiero no contarte cuántos meses, sólo comentarte que son pocos para todo lo que nos espera vivir.
Estuve en una noche de lluvia, mi amigo, y a partir de allí me prometí no abandonarla jamás. Hicimos cosas locas, otras no tanto, pero siempre dejando todo el corazón en cada segundo de la relación. Mirá, aprendí a amarla tanto, que para seguir adelante le conté ese secreto que sólo vos y yo conocíamos, pero que ahora también comparte ella: me prometí ser sincero, no ocultarle nada.
A la distancia, porque también la tengo lejos, le canto todas las noches la canción que le dejé como regalo en el mp3, Paco. La acompañé en uno y cada uno de los viajes que tuvo, de país a país, hasta llegué a pelearme con el cacique, ese que vos tan bien conocés, para que me permitiera unos días junto a ella.
Sí, no lo resisto, amigo. Por las noches abro la canasta de mimbre que me dejó, veo todas nuestras fotos, las pego, las despego, las beso, las limpio, las vuelvo a pegar, y las que sobran van otra vez a la canasta, hasta el día siguiente en donde vuelvo a hacer lo mismo.
Como me sugeriste, le escribo todos los días dejándole el cuerpo, el corazón, la cabeza y toda la picardía que tengo, y también recurro a las chucherías que cultivamos desde nuestro primer beso, para llenarme el cuore de esperanza cuando estoy triste.
Paco, vos sabés de esto, sos un entendido en la materia. Estás más cerca del altar que todos nosotros, sos el que lleva la bandera de los enamorados, y el que se desvive por contarle que te querés hacer grande de su mano. Vos, al igual que yo, conociste el amor sin querer (supongo que a la gran mayoría de las personas le debe pasar lo mismo), pero no me podés negar que cuando te sentís enamorado florece en vos toda la poesía que tenés guardada.
Entonces, mi amigo, quiero responder a tu pregunta sobre mis ganas de “noviar”, como lo manifestaste en el mail de la semana pasada. Paco, con ella conocí el amor, y la pasión; aprendí a amar, a abrazar con sentimiento, a querer regalarle el cielo, y dejar el personalismo de lado ¿Sabés por qué, Paco? Porque, y acá podrás decirme vos qué te parece, me levanto todos los días con la certeza de que no necesito más que su amor para ser exitoso, porque mi ilusión es que ella, Paco, vuelva para decirme que no quiere otra cosa más que acompañarme, abrazados, enamorados, besándonos como lo hicimos aquella vez en el auto, como lo sueño desde que ya no está, pero que voy a disfrutar tanto cuando regrese.
Te quiero despedir, mi buen amigo, pidiéndote que no te sorprendas. El amigo que vos dejaste acá es el mismo que te escribe, pero que cambió de forma de pensar hace ya varios meses, cuando se decidió a amar. Aprendo todos los días de ello, y sólo yo sé cuánto la extraño y todo lo que pienso brindarle cuando la vea cruzar la puerta de ese avión; ese avión que nos va a volver a poner cara a cara, estas caras que ya piden reencuentro.